Armand Gamache ante el horror final

Lilian Neuman Canadá, Sin categoría

Louise Penny (Toronto, 1958) fue periodista antes de dedicarse por entero a la escritura de esta serie de novelas que la editorial Salamandra comenzó a publicar por la número cinco, la excelente Una revelación brutal. Le siguieron Enterrad a los muertos, El juego de la luz y Un bello misterio. Antes, la editorial Factoria de ideas publicó Naturaleza muerta .

Todos y cada uno de estos libros contienen su prodigio, su secreto, su maravilla. Porque Penny, que vive en un paisaje afín al mundo que ha creado -un pueblecito al sur de Montreal, cerca de la frontera con Estados Unidos- ha construido uno de los más singulares escenarios que ha dado el género: Three Pines. Y un gran protagonista: el inspector jefe de la Sûreté de Québec Armande Gamache.

En este nuevo libro, una anciana de visita en el pueblo, amiga de Myrna, la dueña de la acogedora librería, depara el primer gran enigma. Gamache es paciente, parece lento y meditativo, pero llega al fondo de las cosas, y de las personas. Sentado en el bistrô, en anteriores entregas, se le ha visto interrogar sin prisa ni pausa hasta extraer ese secreto o esa rabia, o esa historia no contada. Y esto aunque él considere que Three Pines es su casa y gran parte de sus habitantes sus mejores amigos.

Pero además de la anciana muerta, hay otra novela de intriga mucho mayor que avanza libro tras libro. Al elegante Gamache sigue temblándole un poco la mano, secuela de un grave operativo en el que perdió a varios de sus hombres, y en el que consiguió salvarle la vida a su subalterno -y su querido amigo- Jean-Guy Beavoir. Aquello no es asunto cerrado, y por algo ahora mismo, en esta novela, Gamache sufre un grado de presión emocional y profesional que otros no soportarían. Y que ya se anunciaba feroz en la historia ambientada en el monasterio, con la llegada de su imperdonable y agresivo superior, que vuelve a estar detrás de algo mucho más complejo que una inquina personal.

Una trama -y una bomba narrativa- de alcance nacional que estalla en el soñado pueblo escondido, en el punto perdido del mapa, con aroma a baguette recién horneada. Allí, bajo la aparente vida normal, se libra la gran batalla moral y personal. Gamache ha extendido sus inteligentes hilos por esas montañas y por esos tres pinos nevados que preceden el pueblo. Simulación, paciencia, maniobras de despiste: es fantástico lo que hace aquí. Lo que con estas gentes es emocionante y aterrador. En cada novela Louise Penny es mejor, y además tiene la curiosa virtud de que también sus lectores nos sintamos mejores personas, más atentas y sensibles. Qué misterioso poder.

Los tres pinos que inspiran el pueblo de ficción/FOTO DE ANIK LAPOINTE

Three Pines Buscando en el mapa de Canadá, sería “un puntito al sur de Montreal, justo al norte de Vermont, junto al tortuoso río Bella Bella”. Y ese puntito perdido habría que ubicarlo entre pueblos de nombres como Sutton, North Hatley, Gergeville… Porque de un poco de cada uno de ellos está hecho este arrebatador pueblo de ficción llamado Three Pines, y sus singulares, e imprevisibles habitantes.

Louise Penny. FOTO DE ANIK LAPOINTE
La librería de Myrna/FOTO DE ANIK LAPOINTE

Cada mañana, en medio de la alta nieve, puede verse a Gabri saliendo del bistrô con café y croissants calientes para sus vecinos, atrapados en sus casas. Nadie le ha pedido ese favor, como nadie obliga a la culta y portentosa Myrna a cederle en préstamo ejemplares de su librería a la excelente poeta llamada Ruth, una tipa de verbo letal, cáustica hasta lo sublime. Y que alguna vez, con la vista en el horizonte, esperó el regreso de su querida amiga y mascota, una pata de nombre Rosa que adora más que a su propia vida.

Three Pines no es idílico. Al contrario: la noche en que la gran pintora Clara, el gran talento secreto, celebra que por fin ha expuesto su obra ante el gran público, le crece un muerto en su jardín. Y otros muertos ha tenido este lugar que podría ser postal de paraíso escondido, pero está lejos de ser inmune a la pena y el dolor. Lo que sí tiene en cambio es “una excepcional capacidad de sanar”

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